30 de enero de 2008

Vanidades en Milano

Dolce & Gabbana en Milano

Estas semanas toca vivir el mundo de la moda intensamente. Normalmente lo hago desde la redacción, aunque es dificil librarse de los desfiles y de asistir a algunas de las presentaciones de colección de las principales marcas, que se realizan cada semestre de forma puntual. Estos días estoy en Italia, donde la moda se vive al 300% de lo humanamente razonable y todo el mundo partipa (participamos) de una catarsis estética que, sinceramente, te deja los pies hechos polvo de tanto andar e ir de un sitio para otro. Florencia y Milán son las ciudades en las que estoy siendo testigo de un negocio que mueve millones de euros a la semana y del que, para bien o para mal, pocos se libran.

Para que os hagáis una idea de en qué berenjenal ando metido, os transcribo un artículo de Charo Izquierdo, la directora de la revista 'Yo Dona'. Es una de las periodistas de moda más importantes de España y, sin duda, una de mis maestras. Le debo mucho y me ha encantado leer el siguiente texto, que describe perfectamente lo que se cuece en estos saraos. Pussar och krammar!
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"Hay algo peor que el tráfico en Milán durante las colecciones. Es peor el tráfico en Milán durante las colecciones... con lluvia. Y si es torrencial, no digamos. En esos días, como el de ayer, uno quiere volverse a la cama o, en su defecto, a Madrid, donde al menos los atascos son nuestros.

Los retrasos de los desfiles se acumulan. Acabas por perder alguno en el camino o por anular citas a las que no llegarías ni al día siguiente. Eso sí, sientes que por lo menos ese día hay un motivo para que el show comience una hora y media más tarde. Y es curioso porque ayer pensaba que nadie dice nada. Nadie de los implicados, digo.

Se da por hecho que es lo normal que un desfile comience una hora después de la marcada. Se da por hecho que es lo normal impedir que quienes a ellos asistimos comamos, sencillamente porque no hay tiempo. Se da por hecho que es un mundo de locos, al que hay que contribuir con dosis de locura, lo que no siempre equivale a ingenio. Por primera vez, creo que en toda mi historia de desfiles, por fin alguien ha pedido disculpas. Ha sido en el desfile de Roberto Cavalli. El creador se ha distinguido por haber cambiado sus habituales estampados de animales por una delicada colección que olía a vintage de Portobello, también por invitar a Inés Sastre a su colección y por pedir disculpas, excusando el retraso por estar esperando a que acabase el desfile anterior.

Algo está cambiando en la moda. O mucho. Por ejemplo, todos sabemos que el negocio se nutre en gran parte de las ventas colaterales, fundamentalmente la cosmética y algunos accesorios. Pero empieza a ser tan descarado que dos desfiles han sido precedidos por el filme publicitario de un perfume de la marca. Antes del de Emporio Armani, se ha enseñado el de Diamonds, interpretado por Beyonce. Más tarde, en Gucci se ha anunciado el lanzamiento de Gucci by Gucci, con una película firmada por David Linch, interpretada por mujeres inquietantes que bailan y alucinan, con fondo de ciudades igualmente inquietantes que duermen.

En Milán han empezado a tratarnos como códigos de barras. Ayer, antes del desfile de Prada, donde los asientos y las barras de porexpán competían con una especie de oda a la naturaleza hecha desfile, se ha pasado cada invitación por un escáner. Se supone que es para evitar las falsificaciones (que venga el manta y lo vea), sí, he dicho bien falsificaciones de invitaciones que las hay como existen las de los bolsos. Es, como poco, curioso.

Fascinada como estaba por ese nuevo ingenio detectivesco, no podía alejarme del agente de seguridad que escaneaba y daba paso a los honestos asistentes al desfile. Así he tenido la oportunidad de ver de cerca la llegada estelar del desfile. Primero le sonó un teléfono. Escuchó. Pero no habló. Después levantó la mano y chasqueó los dedos para avisar a alguien del lugar por el que tenía que entrar..., que la moda tiene ese punto ordinario que convive indefectiblemente con el glamour... Eran los guardaespaldas de ella, Anne Wintour, la mítica directora de Vogue América. Anochecía en Milán. Pero ella llevaba sus irremplazables gafas de ¿sol?

Acabaré preguntándome lo mismo que he oído preguntarse a sí misma a una asistente al desfile de Brioni. Para ponerse en situación hay que saber que se estaba cayendo el cielo de Milán, llovía sin parar, pero se llevan las sandalias y las mujeres de la moda no renuncian a ellas aunque se empapen o arriesguen sus tobillos. La asistente preguntaba: ¿Cómo hacen esas señoras para estar perfectas desde las nueve de la mañana, impecables con sus taconazos... y con este tiempo de perros?

He estado a punto de volverme para decirle... Señora, yo lo he resuelto a mi manera, me he comprado unas botas. De charol. Totalmente en tendencia. Eso sí, planas". (Charo Izquierdo, Yo Dona, 27/09/07)
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