12 de febrero de 2008

Cibeleando

El reencuentro con la Pasarela Cibeles fue mucho más animado de lo que esperaba. De hecho, la primera sorpresa fue nada más llegar. Eran casi las 14.30 y el desfile de Juan Duyos ya había empezado, así que busqué cualquier asiento libre donde sentarme. Justo encuentro una silla en la quinta fila y me encuentro al lado a un chico de Jerez con el que hice prácticas de verano en Onda Cero. En esa época, este chico era pijín y salía con la chica más maciza de mi instituto. Ahora, más de diez años después, viste con un estilo más bien pop y me temo que no está del todo interesado en las chicas...

Cuando acabó el soporífero Duyos, charlé un poco con mi paisano, pero no demasiado, que ya había hambre. Mis amiguetes de Cibeles me estaban esperando para irnos al restaurante, así que con ellos me fui. Una de las mejores cosas que tiene la Pasarela es el buffet para la prensa. No es que pongan de todo, pero son montañas de delicatessen varias como jamón ibérico, salmón con espárragos, fideuá, canapés, ternera en salsa, ensaladas mil (que hay mucha histérica de las calorías suelta entre los periodistas de moda) y otras muchas cosas ricas.


A muchos colegas sólo los veo en Cibeles, ya que no son de medios de Madrid o no coincides nunca con ellos en las presentaciones, por lo que siempre nos da mucha alegría reencontrarnos y confirmar que seguimos siendo las mismas lenguas viperinas de siempre. No solemos dejar diseñador con cabeza, y ayer lunes pocos se salvaron de la quema. Lemoniez demostró que se le habían olvidado sus cursillos de patronaje, porque no había ni un sólo vestido bien confeccionado. Ángel Schlesser, aunque estuvo muy correcto, no arriesgó nada y eso ya no vale. Por supuesto que antes que un espantajo como los que mostró Duyos, mucho mejor un clásico en negro de Schlesser, pero para presentar lo mismo una y otra vez, mejor que ponga un vídeo.


El punto y aparte fue, una vez más, Victorio & Lucchino. Lo mejor de la tarde: su colección de moda masculina, así como los modelos que la lucieron. ¡Lastima que presentaban otoño-invierno e iban todos tan tapaditos! Había un rubito que me tenía hipnotizado (el de la foto del comienzo).

Hormonas aparte, los sevillanos demostraron por qué son de lo mejorcito del panorama actual y que es posible reinventarse cada seis meses. Ellos apostaban por el cuello alto, los grises, el morado como color fetiche y la lana fría. En cuanto a las chicas, fueron muy barrocos y no me terminaron de convencer, pero al menos arriesgaron de verdad, no como Lemoniez y su falso minimalismo de primer curso de Corte y Confección.

Una crítica muy extendida entre la prensa de moda es que los diseñadores deberían dejar de vivir casi exclusivamente de las subvenciones públicas y currárselo de verdad. Sería impensable en mercados donde la moda sí es importante, como el americano o el francés, que un gobierno regional mantenga a golpe de talonario a creadores que no venden sus prendas en las tiendas. ¿Es esa la moda española que queremos? Aquí hay muchos que sólo crean para Cibeles, e incluso uno (creo que fue Larrainzar) afirmó que sólo hace colecciones para cobrar, que prefiere diseñar muebles y otras cosas... ¡deleznable! Así nos va.

La Pasarela Cibeles es de las más aburridas de Europa, no sólo por su sosa puesta en escena, sino también por lo repetitivo y cansino de las propuestas. Para los periodistas que la cubren (los que están en más de 40 desfiles, no como yo, que sólo voy unos ratos) es como si les castigaran por haber hecho algo malo. Entre cada desfile hay casi una hora y media en blanco, que para los de las webs y las agencias está de maravilla, porque les da tiempo a enviar las fotos y escribir una crónica, pero para el resto es insoportable. Al final, no haces más que comer y comer del cátering, y terminas como una foca. Además, está el stand de la bebida V&T, cuyos azafatos no hacen más que darte latas de té con manzana y terminamos todos medio espídicos con tanta teína en el cuerpo. Menos mal que sólo es dos veces al año... Pussar och krammar!

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