3 de diciembre de 2008

Tres átomos (que no moléculas) de belleza infinita

A mediados de la década de los 90, Andalucía Occidental vivió uno de los peores periodos de sequía de su historia. No llovía, literalmente. Ninguna gota de agua en meses, más de dos años sin que el cielo se abriera para depositar más de 1 litro por metro cuadrado. Las vides de Jerez se secaban sin remedio y la remolacha azucarera agonizaba, al igual que la economía de muchas familias. Todos en mi ciudad aprendimos a convivir con los cortes de 12 horas de agua y no abrir el grifo más que lo estrictamente necesario (aún hoy me siento culpable si me lavo los dientes o las manos y no lo cierro mientras me cepillo o enjabono).

Fue en ese contexto en el que nació mi primo Antonio. No supo lo que era la lluvia hasta que cumplió los dos años, y corrió asustado hacia su madre cuando, por la ventana, empezó a ver agua que caía sin parar, como si alguien hubiera puesto una ducha gigante en el cielo. Veía a sus vecinos sacando esas cosas que tenían en la entrada de sus casas, llamadas paraguas, y que nunca entendió para qué servían. Él mismo, cuando vio que nadie se alteraba porque lloviera y que incluso parecían contentos y felices de que estuviera ocurriendo, se acercó tímidamente a la puerta de cristal del balcón de nuestra abuela para ver la calle llena de agua, charcos que crecían de tamaño en minutos, aceras anegadas y mucha gente que corría hasta el primer lugar techado que encontraban.

Es en días lluviosos cuando más me gusta recordar aquellos años. Por más que me queje de lo molesta que es la lluvia o el tener que ir con un aparatoso paraguas a cualquier lado o que las calles están llenas de barro, no debo olvidar que es esa agua que cae lo que nos da vida. Sólo son tres moléculas átomos, pero forman la combinación más hermosa de la naturaleza. ¿Quién quiere oro en un planeta que sea sólo un desierto? Pussar och krammar!

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