12 de febrero de 2010

Una chatarra de colección

Cada vez es más complicado determinar el valor de un objeto a priori inservible. En las últimas semanas, piezas más propias de acabar en la papelera que en un museo han sido subastadas por cantidades astronómicas que han hecho soñar a más de un trapero. Por un lado, por los restos de un habano fumado por Winston Churchill en 1941 acaban de pagar en Londres algo más de 5.000 euros. Un mayordomo del que fuera Primer Ministro británico recogió el cigarro de un cenicero para regalárselo a un amigo y los familiares de éste último decidieron obtener beneficio de tan excéntrico obsequio siete décadas después.

Casi al mismo tiempo, al otro lado del Canal de La Mancha, la filial de la casa Bonhams en París hacía lo propio con un Bugatti ‘Type 22 Brescia’ de 1925. La puja ganadora ascendió a los 260.000 euros, una cantidad elevada pero en la línea de lo que se suele pagar en las principales citas internacionales por coches fabricados durante el periodo de Entreguerras. Sin embargo, lo que llama la atención de este caso es que no se trata de un vehículo restaurado con mimo por un coleccionista durante décadas; ni si quiera de un coche olvidado en un taller o en un desguace a la espera de revivir tiempos mejores. Lo que ha motivado que este automóvil fuera centro de todas las miradas es que se ha puesto a la venta después de pasar los últimos 73 años reposando en el fondo del lago Maggiore, en la localidad suiza de Ascona.

Que el coche se encontraba bajo las aguas era de sobra conocido por los miembros del Club de Buceo de Ascona, para quienes era una atracción más del lago en el que se sumergían cada semana. La fatalidad quiso que uno de los integrantes del club, Damiano Tamagni, muriera después de recibir una brutal paliza por un grupo de jóvenes hace dos años. Sus compañeros, con la idea de crear una fundación con su nombre que sirviera para prevenir la violencia juvenil en la región, decidieron entonces sacar el vehículo del fondo del lago y subastarlo.

El estado en el que podía encontrarse el Bugatti era desconocido y sacarlo exigía una complicada logística. Con la ayuda de barcos y una potente grúa, los restos del bólido volvieron a ver la luz del sol el pasado mes de julio. Las cientos de personas que presenciaron ese momento, incluida la plana mayor del Bugatti Club de Suiza, se encontraron con un coche completamente destrozado, especialmente la mitad que no reposaba directamente con la arena del fondo. La matrícula había desaparecido, así como el símbolo de la firma del radiador, dos ruedas y prácticamente todas las piezas no metálicas. Sin embargo, sí que estaba aún en su sitio el número de chasis, así como otras piezas con las que se ha logrado determinar el origen del vehículo, e incluso que fue modificado con piezas nuevas a finales de la década de los años 20.

Sigue siendo un misterio quién era el propietario del coche en 1936, fecha en la que se hundió el vehículo. En cambio, sí que se sabe que el dueño original, el francés Georges Nielly, que lo adquirió en Nancy en abril de 1925, se desprendió del mismo en junio de 1930. Aunque hay teorías que apuntan a un intermediario, todas apuntan como último conductor del Bugatti a Max Schmuklerski, un arquitecto de Zurich de ascendencia polaca que se formó en la Escuela de Bellas Artes de París y que trabajó en Ascona construyendo bloques de viviendas de 1933 a 1936. Éste lo introdujo en Suiza evitando pagar aranceles aduaneros, y tampoco lo matriculó en ningún momento, por lo que mantuvo irregularmente sus placas francesas.

Las autoridades locales sabían de las irregularidades del vehículo, pero el arquitecto, al marcharse de la ciudad, dejó el coche atrás, en el garaje de un constructor apellidado Barra, y se desentendió del mismo. Sin nadie a quien reclamarle el dinero que se debía en impuestos, el montante de la multa pronto superó el valor real del coche en el mercado, por lo que se optó por ‘hacerlo desaparecer’ metiéndolo en el lago, aunque atado a una cadena de hierro por si fuera necesario recuperarlo. La corrosión propia del paso del tiempo acabó con el singular atadero, lo que motivo que el Bugatti se precipitara hacia el fondo, a 52 metros de la superficie, cayendo sobre uno de sus costados.

El precio de salida del coche en la subasta del Rétromobile Salon de París fue de 70.000 euros, y las previsiones apuntaban que se llegaría, como mucho, a los 90.000. No es de extrañar, por tanto, la sorpresa que supuso alcanzar los 260.500 euros. Esto fue posible gracias a la dura pugna que se estableció entre dos compradores: un europeo que quería mantenerlo tal cual para exhibirlo como pieza de museo y un americano que había declarado su intención de restaurarlo (empresa complicada ya que sólo el 20% de las piezas que quedan podrían ser reutilizables). Fue el primero quien se hizo con el lote. Pujó anónimamente, por lo que, al menos por ahora, el nombre del propietario de este Bugatti tan especial sigue siendo un misterio. Lo que sí parece es que no tendrá que pagar la multa de las autoridades suizas. Siete décadas después, han prescrito.
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