2 de marzo de 2010

Los baúles del maharajá

Cuando se declaró la independencia de India y Pakistán en 1947, aún quedaban 565 estados principescos en la antigua colonia británica. Algunos apenas ocupaban unos pocos kilómetros cuadrados, pero todos contaban con un maharajá caprichoso y muy rico. Entre ellos destacaban el de Baroda (uno de los estados más prósperos), al que se le rendían honores con 21 cañonazos, y el de Kapurthala, que sólo recibía 13 salvas y cuya riqueza, aún siendo mucha, era menor que la del primero.

Al igual que otros nobles como los príncipes de Pudokota o los maharajás de Cachemira, Holkar y Jammu, ambos realizaron numerosos viajes a Europa durante la primera mitad del siglo XX. Les fascinaba el modo de vida occidental y se mostraban felices ante la liberación que suponía escapar, durante unas semanas, de la rígida etiqueta de la corte. Es en esta época cuando descubren los paraísos de la jet set europea del momento y matriculan a sus herederos en prestigiosas universidades de Reino Unido.

Fruto de estos viajes iniciáticos surge una relación que aún perdura: la de los nobles hindúes con la familia Louis Vuitton y, más concretamente, su división de pedidos especiales, de la que se convirtieron en los principales clientes. En apenas unos años, el lujo asiático tradicional, rico en sedas, diamantes, dorados y una exagerada ornamentación, se empieza a transportar en baúles de fino cuero francés estampado con el Monogram de la manufactura gala.

Durante el último siglo, los encargos que la maison ha recibido desde India han sido de lo más variado, y casi siempre con un toque exótico para los ojos occidentales. Por ejemplo, el baúl para un juego de té que crearon en 1926 para el Maharajá de Baroda, en cuyo interior cabían varias tazas de porcelana, vajilla de plata con decoración en oro, frascos de cristal y latas para las hojas de té; o el pedido para guardar un dictáfono, realizado en 1928 por encargo del Maharajá de Jammu y Cachemira, quien confió también en la manufactura para transportar en 1931 su valioso equipo de polo en un pequeño baúl de lona.

A pesar de que Louis Vuitton no abrió su primera boutique en India hasta marzo de 2003, dentro del Hotel Oberoi de Nueva Delhi, uno de los más lujosos del país, lla firma gala fue pionera en el mercado hindú gracias precisamente al furor de los maharajás por sus piezas. Según Yves Carcelle, presidente de la manufactura francesa, "Louis Vuitton e India comparten su amor por el viaje y la admiración por lo bello y refinado, que se aprecia tanto en las joyas que ellos atesoraban como en su decisión de guardarlas en nuestros baúles". Es más, para el fotógrafo Jean Lanvière, responsable durante 20 años de la campaña El alma del viaje de la firma gala, "India es el país que mejor simboliza las ideas oníricas que, alrededor del concepto de viaje, quiere provocar Vuitton con sus maletas". Lanvière escogió hasta seis veces los paisajes de las tierras de los maharajás para la publicidad de la maison, un trabajo que también le llevó a Islandia, Yemen, Birmania y Groenlandia sin provocarle la misma fascinación creativa.

Es más o menos lo que le pasó hace un siglo al filántropo y humanista de origen prusiano Albert Kahn (Bas-Rhin, 1860), millonario gracias a la especulación de oro y diamantes en el sur de África a finales del XIX y fundador del Banco Kahn. En su madurez, creó la Sociedad Autour du Monde (Alrededor del Mundo), con la que financiaba a futuros docentes para que viajaran alrededor del mundo conociendo de cerca la realidad de los diferentes pueblos del planeta. De esas rutas, y de las que el propio Kahn realizó, se generó un impresionante archivo fotográfico y películas en blanco y negro sobre costumbres sociales de los cinco continentes. También surgieron interesantes relaciones de intercambio cultural y amistad, como la que entabló el filántropo con Rabindranath Tagore, el primer asiático que recibió el Nobel de Literatura, en 1913.

Gracias a éste último, el prusiano pudo recibir en su casa de París a los maharajás que acudían a la capital del Sena a encargar sus pedidos especiales en Louis Vuitton. De hecho, nadie mejor que el propio Kahn podía aconsejarles sobre qué solicitar a la manufactura, ya que éste realizaba las peticiones más impredecibles a Vuitton: desde un baúl para materiales cinematográficos creado en 1911, hasta uno para accesorios de fotografía forrado en lona roja y diseñado por Georges y Gaston–Louis Vuitton (segunda y tercera generación familiar) en 1929; o el pensado para los accesorios de rodaje, en cuero revestido con forro de colores.

Magia centenaria. Una exposición organizada por la manufactura francesa ha recogido estos días en India la esencia de los maharajás y Albert Kahn. Partiendo de los pedidos especiales del filántropo y los nobles, en la maison definen esta muestra como "una memoria de vida icónica". Para ello, se sirven de fotografías tomadas en los viajes de Kahn, algunos de los objetos que se crearon para los maharajás y retratos de éstos con sus baúles.

Destacan los de Jagatjit Singh, séptimo maharajá de Kapurthala (1872–1949) y cuya pasión por la cultura francesa le acercó al banquero y mecenas. En las muchas maletas y baúles que encargó, no faltaba nunca el emblema grabado de una corona y una gran 'K' azul y blanca. Hoy se han convertido en un legado y parte del tesoro para cuyo transporte fueron creadas.
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