31 de octubre de 2011

En busca de la melena perfecta

Para este italiano, todo se reduce a la pasión: por el arte, por hacer bien las cosas, por innovar. Suyo es el segundo método que revoluciona el mundo de la peluquería en toda su historia. Tras Vidal Sassoon, que cambió el concepto de melena lisa hace medio siglo, Rossano Ferretti (Campegine, 1960) apuesta por personalizar cada corte, que el estilista estudie cada cliente mecha a mecha, permitiendo una caída y un movimiento natural del cabello. "Un buen peluquero está obligado a captar la singularidad de cada cliente. Es fácil hablar de tendencias, pero no hay una belleza universal”, afirma. “De hecho, mi método es válido con todo tipos de pelos: ondulados, asiáticos, rizados... y no sólo con los lisos precisamente porque partimos de la base de que cada cliente es distinto".

Que él acuda personalmente a cortar el pelo tiene un precio de 1.000 dólares, una de las tarifas más caras del mundo y que no amilana a sus clientas neoyorquinas, responsables de la fama del italiano. "Es cierto que eso es lo que cobro, pero el precio no corresponde sólo al corte, sino también a la logística que supone coger un avión, desplazarme desde Italia, etcétera. Eso sí, a mis amigas nunca les cobro por cortarles el pelo".

Ferretti ha formado a más de 80 profesionales en los últimos 20 años. Entre ellos se encuentran las plantillas de los cuatro salones que tiene en España, todos en Madrid capital y su provincia. "El reto es que sean capaces de atender a cualquier mujer del mundo con garantías de que van a saber analizar y resaltar la belleza de su cabello", explica.

Le gusta tratar personalmente a las clientas, de ahí que aprendiera francés en dos meses, justo antes de abrir un salón en París. "Ahora lo hacemos en Brasil y estoy dando clases de portugués". Para ello, duerme no más de cuatro horas al día y aprovecha las primeras horas de la mañana para trabajar. "Es cuando más rindo y me permite un continuo reciclaje, no parar de aprender. En ese sentido, soy una esponja".

El 18% de la facturación mundial de sus peluquerías corresponde a clientes masculinos. "El hombre es un cliente magnífico, obediente a la hora de aplicarse los productos, fiel y se cuida mucho". Para ellos, su método es tan eficaz como en las mujeres, incluso a la hora de teñirse. "El color ideal es el que no se ve. Por tanto, el peluquero perfecto sería el que no deja huella, el que no permite que se vea su corte, sino la belleza del cabello".

29 de octubre de 2011

Khinkali, mon amour

Lo de la foto no es una pizza, ni una empanada, pero sí. Me explico, se trata de una de las delicias más sencillas de la fabulosa comida georgiana: el khachapuri (léase 'jachapuri'), una torta de pan rellena de queso artesano y que se hornea, bien con algo más de queso por encima o con otro tipo de productos (una variación muy típica es la que añade un huevo, se llama Ajaruli). Decir que está delicioso es quedarse cortos. Normal que durante mi semana en Georgia engordara, si nos ponían khachapuri todos los días (uno al día, que más nos parecía exagerar ya en cuanto a calorías).

No es el único plato que nos embelesó en el país caucásico. Lo mejor que tiene su gastronomía es que, como la española, tiene muchos platos propios. Es decir, no se trata de cómo cocinan las carnes o el pescado, como ocurre con algunos países, sino que tienen sus platos con nombre propio, como aquí el cocido, la paella o la escalivada. Allí, uno de los más raros es el khinkali, una especie de grandes bolsas de pasta algo gruesa que se rellena con carne, verduras, setas... y que se come de un modo muy particular: se da un pequeño bocado a la bolsa, se absorbe el caldillo y, una vez sin caldo, se come como si fuera un micrófono. El rabillo de la pasta, se tira, y los georgianos pueden pedir perfectamente docenas y docenas en los restaurantes (se sirven por unidades y por rellenos).

Si a eso le sumas tomates que saben a tomate, una carne asada que parece ambrosía y se derrite en tu boca y todo ello en raciones gigantes, te enamorarás de la cocina georgiana. Una lástima que en Madrid no haya ni un sólo restaurante especializado. ¿Alguien ha dicho "hay ahí idea de negocio para un emprendedor"?

28 de octubre de 2011

Los 15 iconos de Jimmy Choo

Rizzoli acaba de publicar Jimmy Choo XV, un volumen que repasa los quince tacones más icónicos de la firma británica. Está prologado por el editor de moda Colin McDowell, que narra el encuentro entre el zapatero malayo del West End londinense Jimmy Choo y Tamara Mellon, por aquel entonces editora de la sección de Complementos de Vogue UK, del que nació la firma. La propia Mellon, hoy directora creativa de la firma, también ha aportado algunas líneas al prefacio del libro, en las que explica cómo son mujeres icónicas como Diane von Furstenberg o Natalie Massenet las que le inspiraron a crear esas 15 piezas únicas con tacón.

Entre los elegidos se encuentran las sandalias Zaffira, pertenecientes a la colección Crucero 2011 y que une una aguja imposible de 15 cm de alto junto a grandes cristales Swarovski y lentejuelas, o las Zap, uno de los iconos pop por excelencia de la marca, presentados en la colección Primavera 2010 y que presenta una serie multicolor de tiras en tonos eléctricos sobre un tacón y una plataforma realizadas en material fluorescente y reflectante (rosa chicle, amarillo, rojo...). Este modelo, del que hay diferentes versiones, tiene un precio actualmente de 1.800 €.

El libro estará a la venta a partir de noviembre en las boutiques Jimmy Choo, por 70 €.

17 de octubre de 2011

¿Masculinas, femeninas o mixtas?

No lo podemos evitar. Como humanos que somos, respondemos a los impulsos, los mismos que nos hacen comprar un objeto porque es bonito o huele bien, independientemente de su efectividad o de que lo necesitemos. En el caso de la cosmética, cuántos hombres no han sentido curiosidad por probar esa crema que se escondía en el frasco de aspecto lujoso que tiene su esposa en el baño y que, además, le dejaba la piel tan suave. Son muchos los que, a escondidas o a la vista, se cuidan con productos a priori formulados sólo para ellas. Lo que no saben estos particulares ladrones caseros es que la mayoría de las fórmulas de esos productos son también efectivas en la piel masculina.

Salvo los exclusivos de cada sexo (anticelulíticos, los de afeitado...) son añadidos como el perfume o el diseño del envase lo que restringe la crema sólo a ellas. "Un dermatólogo va a prescribir exactamente lo mismo a un hombre y a una mujer que quieren combatir con cosmética el envejecimiento cutáneo", dice Pedro García Maggi, fundador de la firma Skeen, a la venta en España en Sephora y cuyos productos, que se pensaron en un principio para ellos, son hoy demandados por muchas mujeres. "Las diferencias existen, pero son mínimas y anecdóticas. La piel del hombre es un poco más gruesa, menos de la mitad de un milímetro; generalmente más grasa por la testosterona, y consume un poco más de nutrientes y oxígeno. A la hora de formular tratamientos eficaces, no son diferencias relevantes", prosigue.

Esto se nota sobre todo en el sérum, la crema que se aplica antes que la hidratante. La marca Lancôme es buen ejemplo de ello. Vissionaire, su novedad de este otoño, es una crema cuya fórmula, con una molécula descubierta por los laboratorios de la marca, puede ser indicada para el hombre. De hecho, la firma cuenta con una línea antiedad hidratante que podría combinarse perfectamente con este producto: Rénergy 3D, un tratamiento con efecto antiarrugas, o Age Force Soin, para combatir líneas de expresión.

El uso unisex de las cremas no quiere decir que las marcas vendan humo con sus productos masculinos. En el caso de Shiseido Men, por ejemplo, "las cremas están desarrolladas con fórmulas fruto de una investigación basada en la fisiología y los niveles celulares de la piel masculina", explica Ainhara Viñarás, directora de Márketing de la firma. Su primer producto masculino fue Flowline, un anticaída formulado en 1905. Desde entonces, llevamos más de un siglo con cosméticos diferenciados por sexos.

14 de octubre de 2011

Una corrala en Budapest

Iberostar ha decidido dar un giro de 180 grados a su oferta de hoteles de lujo y comenzar a trabajar un nuevo terreno: el urbano. Así, se aleja de las playas y de los resorts vacacionales para dar un servicio de cinco estrellas a ejecutivos y escapadas culturales de fin de semana. El estreno no ha podido ser en un mejor marco: el del centro de Budapest, con la inauguración a finales de agosto del Grand Hotel.

A pocos pasos del Parlamento y de la mayoría de lugares turísticos de Pest, se sitúa en un antiguo edificio que sirvió en su día como convento, de ahí que cuente con un gran patio central sobre el que giran las habitaciones de las tres primeras plantas, formando una especie de corrala. Al ser un enclave histórico, se ha respetado gran parte de su diseño original, aunque se han añadido dos plantas, las superiores, con impresionantes vistas sobre la Plaza de la Libertad. En su interior destaca una decoración en blanco y negro, con detalles en rojo y guiños al arte posmoderno (alfombras, sillas, sofás con forma de labios, papel de pared serigrafiado...) que visten sus 50 habitaciones y suites, todas con reproductor de iPod, televisor de gran tamaño, máquina de café y carta de almohadas.

El toque español está presente, sobre todo, en lo que respecta a la gastronomía. Al frente del restaurante, con una terraza abierta durante todo el día, se encuentra el pacense Juan Carlos González. De su ingenio han salido platos y tapas que fusionan ingredientes tradicionales con toques ibéricos, como el Panini de jamón serrano relleno de crema de queso o el Salmorejo cordobés con tropezones de tomates blancos congelados. Si puede, solicite con un poco de antelación un menú degustación. Le sorprenderán la docena de platillos que le servirán, regados con vinos húngaros como el Tokaji dulce o españoles (en este caso, la carta de tintos se resume en Riojas y Riberas del Duero).

Pero no sólo se han esforzado en dar un excelente servicio gastronómico en almuerzos y cenas, sino también en un apartado tan capital como el desayuno. El bufé cuenta con una amplia gama de productos, colocados de forma que todo está a mano: ibéricos, pastelitos de salmón, cereales, frutas, sandwiches vegetarianos ya preparados, tortillas caseras... Si le gustan los huevos benedictinos, no se vaya del Grand Hotel sin pedirlos, con una receta original que prescinde de la salsa holandesa.

Pensado para ejecutivos que busquen un momento de relax, el sótano del hotel lo ocupa un spa presidido por un gran jacuzzi de teselas rojas. El centro wellness incluye sauna, salas de masajes y baño turco. Es posible disfrutar de una habitación doble a partir de 145 €/noche (en el caso de las suites, desde 260 €), con el desayuno incluido. Descubrirá un rincón español diferente para una escapada de negocios a Hungría.

4 de octubre de 2011

Un panal de 14 quilates

La abeja imperial fue uno de los emblemas del Imperio de Napoleón. Uno de los perfumistas de la corte, Pierre-François-Pascal Guerlain, la incluyó en los frascos de la emperatriz Eugenia y, desde entonces, mediados del siglo XIX, también hizo suyo este símbolo. Hoy la firma lo mantiene vivo en piezas que unen perfumería y joyería como Le secret de la reine (El secreto de la reina), una pieza que puede utilizarse como broche o colgante, y que ha sido creada en cristal de roca y platino, adornada con diamantes que suman algo más de 14 quilates y que le convierten en el frasco de perfume más caro, a partir de 300.000 €. Disponible bajo pedido, necesita de 500 horas de trabajo. Una suave presión en el diamante en pera que adorna su pecho abre las alas difundiendo el perfume que oculta en su interior. Puede ser el que eliga el cliente, pero Guerlain ha creado uno que recrea los olores de los campos de flores en los que liban estas abejas: mimosa, azahar, jazmín…

3 de octubre de 2011

A gusto del joven lord

En febrero de 1923, el noble británico Lord Carnarvon es la primera persona en admirar el sarcófago del faraón Tutankamón. A pesar de ser invierno, el calor en el desierto egipcio obligaba a vestir prendas ligeras. Para ello, guardaba en su equipaje un traje clásico de explorador de Norton & Sons, una sastrería de Savile Row que desde su fundación, en 1821, confeccionaba prendas a medida para la alta sociedad londinense. La firma se especializó en trajes de telas ligeras, pensados para los que viajaban a las colonias africanas y asiáticas, así como en cortes algo más modernos de los que imperaba en la época a gusto de las jóvenes generaciones de lores, que acudían a su tienda del número 16 de Savile Row en busca de patrones diferentes. Entre sus clientes, destaca un joven Winston Churchill, que encargaba allí todo su armario, así como Wilfred Thesiger, el último gran explorador británico, y Lord Mountbatten, el último virrey de India.

Los años 60 son el comienzo de una debacle que casi le cuesta la desaparición a la sastrería. Ya sin la familia Norton al frente, un anuncio de venta en el Finantial Times fue su salvación. Era el año 2005 y un por entonces estudiante de MBA llamado Patrick Grant lo lee y decide reunir los fondos suficientes para adquirir la firma bicentenaria. “No tenía ni idea de costura, pero quería profundizar en ese sector”, afirma. Y vaya si profundizó. Actualmente, este empresario de 39 años es el responsable de un conglomerado de firmas como E. Tautz & Sons, Hammond & Co. o Reynard & Co., todas ellas afamadas casas de Savile Row y que le valieron en 2010 ser galardonado en los British Fashion Awards, los premios más importantes de la moda británica.

Su labor en Norton no se limitó a la gerencia, con apenas un sastre en plantilla, Grant hizo de todo, desde ayudar a almacenar a recibir a los clientes. "Cuando comenzamos, éramos capaces de hacer un máximo de 200 trajes. Hoy superamos los 300 e incluso visitamos dos veces al año Nueva York para que nuestros clientes norteamericanos no tengan que desplazarse hasta Londres a tomarse medidas". En el viejo local hay muestras de más de 8.000 telas a elegir. "Es el primer paso cuando llega alguien a encargar un traje: elegir el color y el material, aunque la mayoría ya llega con una idea clara de lo que quiere. Seguidamente vemos detalles como el número de botones, los bolsillos y su estilo, el corte y talle de cada pieza… Se toman más de 30 medidas para evaluar las posturas y el cuerpo del cliente y, una vez anotadas, comenzamos a cortar y coser. Se necesitan entre tres y cuatro meses de trabajo antes de poder servir el traje al cliente", explica. Como es habitual, el precio, a partir de 3.700 € aprox., dependerá del tejido escogido. También en lo que respecta a camisería a medida, con más de 2.000 telas entre las que elegir y que cuestan alrededor de 225 €.

La seña de identidad de Norton & Sons es el cuidado de cada detalle. "Partimos de proporciones clásicas y nos concentramos en los hombros, introduciendo una fina cuerda en su interior que le da definición. También en la cintura, para crear una silueta delgada", explica Grant. "El secreto es conseguir que el traje adule al cliente, que éste se vea tan bien como sea posible", concluye.