24 de febrero de 2012

Brochas de inspiración japonesa

El kabuki es un estilo teatral que nació en la corte Imperial de Japón a comienzos del siglo XVII. Se caracteriza por el dramatismo de sus actuaciones, así como por los elaborados maquillajes que lucen las actrices. Considerados auténticas piezas de arte por sí mismas, para lograr estas caracterizaciones que empolvan toda la cara son necesarios unos útiles que firmas como Japonesque, Hakuhodo o Nars han adaptado convirtiéndolos en unas singulares brochas de maquillaje.

A esta última marca pertenece una de las colecciones más deseadas por las amantes de la cosmética: la línea Kabuki. Se compone de cinco brochas que imitan a la perfección las herramientas del teatro nipón y cada una está bautizada con un nombre relacionado con el arte interpretativo japonés. Así, la brocha Botan, la de mayor diámetro, rinde homenaje a una obra del siglo XVII y sirve para aplicar maquillaje por todo el rostro en pocas pasadas.

Al contrario que otras firmas, que realizan sus piezas con pelo de tejón, marta o poni; en Nars se han decantado por confeccionarlas con pelo de cabra negra. Los mangos también son muy originales, ya que presentan unas formas curvas únicas. Además, se han fabricado con wisteria negra, un tipo de planta trepadora que, una vez tratada, ofrece un tacto similar al cuero. No es de extrañar, por tanto, que tengan un precio que supera los 40 € por brocha, bastante más caro de lo habitual.

Tradición. Con la intención de seguir jugando con la cultura japonesa, Nars ha decidido vender toda la colección en un pack muy especial que imita las cajas bento: las bandejas lacadas que compartimentan cada comida del menú en un espacio propio y que ya se usaban en el siglo XII. Dos de las brochas (la Kabuki Lip y la Kabuki Eye Brush) sólo se pueden conseguir si se compra el cofre negro con el interior en rojo sangre llamado Nagauta Kabuki (270 €). Además, hay una segunda versión a juego, llamada Kudoki Kabuki Mini Lip, que guarda una brocha y tres envases de cerámica con carmín y coloretes (95 €). A la venta en exclusiva en Estados Unidos, ya se han convertido en un objeto de deseo.

17 de febrero de 2012

Cosmética de macarons

Una estampa habitual en los Campos Elíseos de París son las colas de turistas japoneses a las puertas de boutiques como la de Louis Vuitton o rincones emblemáticos como la pastelería Ladurée, cuyos macarons son famosos en todo el mundo. Esta firma ha querido dar la vuelta a la tortilla y que sean los franceses quienes hagan cola en Tokio, ya que la capital nipona ha sido la ciudad elegida para lanzar su primera colección de maquillaje, un mundo nuevo para los dulceros en el que se embarcan con productos que respetan la imagen neoclásica e imperial que envuelve sus locales parisinos.

En otoño llegarán a Europa pero, mientras tanto, será en Japón el único lugar donde se pueda comprar, por ejemplo, un estuche de colorete en forma de camafeo (hay 20 tonos, inspirados en los de sus macarons). La colección se llama Les Merveilleuses de Ladurée y consta también de falsas minibomboneras que esconden bálsamo labial (con pétalos de rosas naturales) y sombras de ojos, así como barras de labios y maquillaje en crema, en una amplia paleta de colores.

15 de febrero de 2012

Punto de set para Lagerfeld

Cada temporada, la colección de Chanel se completa con pequeños caprichos alejados de lo que debe ser una línea de alta costura. Así, Karl Lagerfeld nos ha sorprendido con balones de rugby, tablas de snowboard o incluso vehículos Segway customizados con los iconos clásicos de la firma francesa: el binomio blanco y negro, el acolchado del bolso 2.55, los detalles metálicos, el gusto por el cuero...

Este invierno, coincidiendo además con los muchos guiños que el mundo de la moda está haciendo en las pasarelas a las Olimpiadas de Londres, ha querido homenajear al tenis con dos productos: una raqueta de competición que se comercializa con una funda acolchada (380 €) y una bolsa que guarda en su interior cuatro pelotas con las que jugar a este deporte (290 €), también acolchada y de forma cuadrada. En ambos objetos la presencia del logotipo es constante, sin dejar en ningún momento de ser elegante.

14 de febrero de 2012

San Valentín Monogram

En 1998, Marc Jacobs se estrenaba como director creativo de Louis Vuitton. El diseñador lo hacía presentando una colección de bolsos a la que llamó Monogram Vernis, en las que el famoso estampado de la firma se ‘barnizaba’ con un resultado brillante, como plastificado. Este mes de febrero, reeditan la línea con una versión rayada que combina el color cereza y el rosa chicle y que estampan en media docena de productos.

Entre ellos destaca el bolso Pomme d’Amour, que toma como referencia el modelo Alma de la firma, diseñado por Gaston-Louis Vuitton en 1934 y que rinde homenaje a la plaza parisina del mismo nombre, situada al final de la Avenue Montaigne, y que es uno de los símbolos de la elegancia de la capital francesa. El tamaño de este bolso con doble asa más bandolera es de 25 cm de largo. Además del de la imagen, está disponible en color Amarante (un tono bermellón oscurecido). Con un precio de 1.010 €, admite también combinaciones personalizadas para cambiar el cuero por alguna piel exótica, así como el color del mismo.

13 de febrero de 2012

La nueva Ruta de la Seda

La ruta de la seda unía en el Medievo la región china de Xián y la actual Turquía. Más de seis siglos después, ese camino nace en Brasil y acaba en Lyon, donde se encuentran los talleres de Hermès especializados en la creación de sus famosos pañuelos y corbatas. En el país carioca se obtienen desde hace 75 años los capullos de seda, de una calidad superior a la que ofrece actualmente China (los gusanos se alimentan sólo de hojas de moreras, en zonas alejadas de toda contaminación). Serán necesarias 600 de estas pequeñas bolas para crear un pañuelo, y de cada uno de ellos se extraerán 1.500 m de hilo.

La elección de la capital del Ródano fue clara, ya que es la cuna de la tradición de la seda francesa. En los pequeños talleres del artesano Marcel Gandit fue donde se creó el primer carré de la firma. Corría el año 1937 y el estampado era un homenaje al Omnibus, un juego de sociedad de la época. A partir de entonces, centenares de dibujos cobraron vida (especialmente a partir de 1948, cuando la fábrica pasa a ser propiedad de Hermès), a un ritmo de 20 modelos por semestre que aún se mantiene.

El proceso de creación de un pañuelo Hermès es largo y, sobre todo, laborioso, ya que dura al rededor de dos años y participan en él hasta 800 personas. Los artistas tienen libertad total para crear sus dibujos y no son pocas las ocasiones en las que la propia familia Dumas, propietarios de la marca, invitan expresamente a un diseñador a que participe de este universo de la seda. Uno de los últimos casos fue el de Kongo, un grafitero francés cuyos diseños se agotaron al poco de ponerse a la venta (la maison mantuvo los precios habituales de los pañuelos: 310 € los de seda y 500 los de cashmere).

Paso a paso. La confección de un carrè consta de cuatro grandes etapas: grabado, planchas, color y estampado. Los equipos de estas áreas trabajan de forma conjunta, así como con el creador del dibujo y con un comité de selección que escoge los diseños finales (la última palabra la tiene Pierre-Alexis Dumas, responsable artístico de la firma y tataranieto del fundador de Hermès).

El más importante es precisamente el grabado, ya que su trabajo determinará el número de colores y, por consiguiente, de planchas, que necesitará cada pañuelo. Una vez llega el diseño, se realiza una infografía y se crea una copia a mano con tinta china. Un artesano descompone el dibujo en capas y lo estudio para analizar y listar el número de tonos necesarios, que suelen ser menos que el dibujo original, al evitarse algunos degradados (no todos). Sobre plantillas de poliéster, el resultado, una vez superpuestas, es un gran cuadro negro. Lo habitual es que un carré tenga una media de 30 colores, lo que implica 700 horas de trabajo para los grabadores. En casos especiales como el pañuelo Apache, con 45 tonos, alcanzando las 2.000 horas, es decir, 12 meses.

Esas láminas de poliéster, una vez escaneadas, son las que servirán para hacer las diferentes planchas que teñirán la seda. Cada una de éstas se prepara midiendo la torsión de la tela, en grandes marcos de metal. Se realizan con una emulsión fotosensitiva azul que capta la luz y que tardan media hora en secarse. Hacen las veces de un negativo de carrete fotográfico y se trabaja con ellas como con los antiguos clichés, es decir, positivando. Desde 2007, además, una máquina aplica cera a chorro sobre estos cuadros, sobre los que aplica 5.000 watios de luz durante 2 minutos para lograr la plancha definitiva.

La elección de los colores de cada pañuelo no es tarea fácil. Hay 75.000 tonos disponibles y de cada modelo se hace una docena de variedades. También de las corbatas, que necesitan de entre dos y 15 colores por diseño. Un equipo de tres personas los escoge en un despacho lleno de cartas de color, y serán reproducidos y mezclados en cubetas en un espacio al que llaman la cocina. Una vez logrados esos colores, grandes máquinas de teñido van pasando las planchas por la seda. El resultado son lías de tela arcoíris que, una vez cortadas, se mandarán a un taller especial para rematar los pañuelos a la francesa, es decir, con los bordes hacia afuera. Es uno de los rasgos distintivos de Hermès, que no suele reeditar sus diseños aunque sean éxitos de ventas, por lo que sus clientes tienen la seguridad de que compran piezas irremplazables.