6 de agosto de 2012

El quinto sentido de una cena

Cuando te invitan a una cena o a una comida en casa de algún amigo, lo habitual es que lleves el vino o el postre. Sin embargo, estas dos opciones no siempre están exentas de controversias. Con el vino, por ejemplo, suele ocurrir que llegue a una temperatura 'del tiempo', por lo que no esté listo para servir (en el caso de los blancos) o que no todos los comensales quieran tinto y no merezca la pena abrir la botella para una o dos personas. Con el postre, hay quienes se consideran 'poco amantes de lo dulce' y prefieren terminar la cena con un café, o que el ágape sea tan exagerado que se llegue sin hambre y sin ganas, por lo que al final nadie toca el presente.

Así, a mí me gusta optar por una tercera vía, que es más sofisticada y que pocas veces desagrada: la vela de hogar. Además, muchos anfitriones prefieren servir su vino y su postre, por lo que todos contentos, porque tú llevas 'el olor' de la velada. Además, como no se va a consumir en esa ocasión, dejas un presente que durará semanas a tu anfitrión.

Las más conocidas, y nada baratas, son las de Acqua di Parma y Dityque, aunque el grado de sofisticación y/o cutrerío dependerá de cada uno. Si queremos darle un toque 'chic', están las velas de Tocca y las complejas de encontrar de Guerlain. Tampoco faltan las rotundas de Castelbel, fabricadas en Portugal, o las de Oliver & Co, realizadas con cera española. Lo que no recomiendo es llevar algunas que venden en supermercados de marca blanca o en Ikea, ya que apenas huelen una vez las enciendes y casi que te obligan a llevar otro obsequio para no quedar mal. Para eso, mejor volver al vino o a la tarta helada.

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