20 de enero de 2014

Adictas a la 'cosmética verde'

Cada vez son más las que deciden cuidar su piel aportando un granito de arena al cuidado del medio ambiente. La venta de productos cosméticos ecológicos se encuentra en pleno auge, con cifras que superan los 22.500 millones de euros anuales en todo el mundo y un crecimiento interanual del 4% que se ha mantenido incluso en los peores años de la crisis. Sin dejar de ser mayoritariamente firmas nicho, es decir, con una producción y distribución muy limitadas, el número de marcas no ha parado de crecer, al igual que la variedad de tratamientos y productos, resultado de avances técnicos cada vez más afinados que no dañan nuestro ecosistema.

La cosmética ecológica como tal es la que ha habido siempre. Hasta el desarrollo de la ingeniería química hace poco más de un siglo, los jabones y maquillajes que usaban nuestros antepasados eran 100% naturales. Sin embargo, como fenómeno, habría que enmarcarlo en los años 70, con el desarrollo de la conciencia medioambiental que empezó con el movimiento Hippie y que se materializó en movimientos como Greenpeace (fundada en 1971) y, en el caso de la cosmética, una mayor presencia internacional de firmas de productos naturales como The Body Shop o Yves Rocher.

Que un producto sea natural no quiere decir que tenga que ser, además, ecológico. Para obtener esta segunda denominación, “más del 95% de sus ingredientes debe ser de origen vegetal o animal con certificación”, explican desde la Asociación Vida Sana. Para corroborarlo, existen numerosos sellos de calidad como el Natrue, basado en el Consejo de Europa; el EcoCert francés o el BDIH alemán. Si el porcentaje es menor o no tienen certificación (muchas firmas nicho, aún siendo ecológicas, no se pueden permitir su alto coste), serían cosméticos naturales.

Un tercer tipo sería el producto herbalista. “La normativa que certifica que un ingrediente sea orgánico garantiza el origen, la no-toxicidad y el cuidado al medioambiente, pero esa calidad ‘normalizada’ no siempre cuentan con la integridad y el beneficio, por ejemplo, de las plantas silvestres. Por mucho que uses ingredientes orgánicos, si obtienes las infusiones herbales usando calor, estás alterando la composición química y disminuyendo su potencia”, explica Cruz Calvo, propietaria de la boutique Beauty Cube.

Aunque sea contradictorio, uno de los puntos fuertes de la cosmética ecológica es su limitada distribución. “Vender en tiendas pequeñas les aporta un margen de mayor confianza y exclusividad de cara al comprador, si bien es cierto que eso impide que llegue a un público mayor”, dice Esther López Fabra, profesora de Psicología y experta en mecanismos de consumo de la Universidad de Jaén. “Antes sólo se interesaban por la cosmética ‘eco’ personas con patologías en la piel, simpatías vegetarianas o anti marcas-globales. Hoy hay un trasfondo cada vez mayor de tomar control sobre qué consumo y qué me aplico al cuerpo, más conciencia. Además, las firmas son cada vez más atractivas visualmente, algo de lo que siempre careció este tipo de cosmética”, afirman desde la boutique online Laconicum.

El movimiento eco-cosmético cuenta con ejemplos de peso en España. La firma Alqvimia, fundada en Gerona en 1984, une botánica y perfumería tradicional para crear fórmulas magistrales 100% naturales. Por su parte, Germaine de Capuccini cuenta con una línea de productos, llamada Naturae, que se elabora con ingredientes orgánicos y que pone el acento en una responsabilidad global de lo ecológico que va más allá de la fórmula en sí. Su packaging, su etiquetado e incluso su publicidad en las tiendas se llevan a cabo de forma que el impacto medioambiental sea mínimo. Es el mismo caso de la firma de maquillaje danesa Organiqs, que acaba de aterrizar en nuestro país y cuyas cajas y expositores son de papel reciclado, al tiempo que sus productos son 100% naturales.

Aceites de semillas y flores, ácidos obtenidos del limón, brotes de cebada, naranja y menta y aceites esenciales son algunos de los ingredientes con los que se elabora la cosmética ecológica. Carecen de aluminio, bases detergentes o aceites derivados del petróleo. “Seleccionamos aceites y mantecas de calidad que se extraen de forma natural y a temperaturas moderadas para mantener sus propiedades. Hacerlo de forma sostenible explica que nuestras materias primas sean más caras, pero no tendría sentido adulterar nuestra filosofía”, explica Amelia Pérez, propietaria junto a su marido Pablo de Los Jabones de mi Mujer, una firma nicho que elabora sus productos en Santiuste de Pedraza (Segovia).

Aunque la investigación ha dado pasos de gigante, aún es imposible crear una gama de productos ecológicos tan completa como la de las firmas convencionales. “Hay ingredientes que no existen en la Naturaleza, como los filtros solares orgánicos”, explica Carmen Esteban, directora Técnica de Stanpa y presidenta del Grupo Mundial de Productos Naturales ISO.

El maquillaje es otro talón de Aquiles. No se puede, por ejemplo, crear esmalte de uñas sin ingredientes sintéticos, aunque sí rebajar su impacto medioambiental eliminando ingredientes de alta toxicidad (es lo que hacen marcas como Zoya o UNE). En este campo, una de las pioneras fue la firma australiana NVEY ECO, fundada en 2005 y que incluso crea brochas 100% reciclables. Aveda se sumó en 2011 con productos formulados con extractos de plantas y flores junto a minerales. Solventar estas barreras es en lo que trabajan ahora los grupos de I+D. Con sus avances, cuidaremos nuestra piel respetando, cada vez más, nuestro entorno.

* Reportaje publicado en la revista YoDona en enero de 2014.

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